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En la gran maquinaria de un organismo joven, la comunicación entre sus células es un complejo mecanismo que posibilita coordinar y regular todas las funciones vitales de los diferentes tejidos y órganos, de manera eficiente y fluida. En otras palabras, la base metabólica del equilibrio saludable y bienestar de un individuo joven está en la óptima transferencia de información de una célula a otra.

Esta óptima transferencia se basa sobre:
• La adecuada producción y/o absorción de los elementos químicos y bioquímicos que la facilitan.
• La eliminación permanente de los residuos tóxicos, como los radicales libres, que produce la propia actividad celular.

Un organismo joven y saludable, cuenta con un excelente nivel de comunicación celular y capacidad antioxidante.

A medida que pasan los años, aumentan nuestros logros pero también las exigencias propias o externas. Ocurren procesos biológicos que afectan la eficiencia y fluidez en la comunicación celular:

• La transferencia de información empieza a fallar porque faltan elementos o eslabones , lo que perturba los mensajes inter o intracelulares, sea en su transmisión, su interpretación o la reacción que deberían generar.
•  Los sistemas antioxidantes se vuelven menos eficientes y dejan de eliminar las moléculas químicas residuales tóxicas que produce la actividad celular. Estas moléculas a su vez generan daños en su entorno.

Con todo, nos volvemos más o menos vulnerables a desequilibrios bioquímicos y enfermedades. Esta variabilidad dependerá de los recursos que manejen nuestras células en su entorno inmediato. Un pequeño aporte corresponderá al repertorio genético, y, en su mayor significación a nuestros hábitos, entre los cuales incluimos la incorporación exógena de aquellas moléculas que estén deficitarias, y el control de aquellas que están en exceso, para restablecer la armonía de nuestros mensajeros químicos.

Podemos ser sanos y recuperar el funcionamiento de un organismo joven si así lo decidimos. Y esto es lo que propone el Harmonia Age Reversal Program a través de la reactivación biomolecular.
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Los instrumentos de comunicación son moléculas de diferentes estructuras químicas fabricadas por una célula emisora determinada, y luego de un corto, mediano o largo recorrido (matriz intercelular, neurosinapsis, vasos sanquíneos y linfáticos) son captados por otra célula receptora de manera singular, para elaborar una respuesta específica dentro de su extenso repertorio celular, y a su vez impactar sobre otra, generando así una cadena inagotable de mensajes intra e intercelulares.

Aún cuando dormimos, este “correo celular ” sigue funcionando, aunque con otro ritmo. Por otra parte, estamos insertos en un medio ambiente que también impacta sobre nuestro organismo , por ejemplo la intensidad de la luz solar acompaña las variaciones de niveles hormonales de luz-oscuridad (ciclos circadianos), también vitales para la eficiencia en la comunicación celular.

Según el tejido y la función que estemos considerando, dichos instrumentos o “mensajeros químicos ” pueden tomar el nombre de:
neurotransmisores.
neuromoduladores.
factores de crecimiento celular o vascular.
citoquinas.
linfoquinas.
interleuquinas.
hormonas
eicosanoides.
factores de liberación hipotalámico.
péptidos y polipéptidos de acción específica, etc.
Este universo de células y mensajeros conforma el eje PNIE , que maneja un lenguaje bioquímico común entre la Psiquis, el Sistema Neurológico, el Aparato Inmunológico y el Sistema Endocrinológico.

Vinculadas al intelecto y las emociones, la sensibilidad y las respuestas motrices, los sistemas de defensas y de hormonas, el eje PNIE es el protagonista, el gran director de esta compleja orquesta , y ejecutará según la partitura que sepamos escribir.
Nuestro cuerpo necesita nutrientes para crecer en los primero años de vida y luego para sostener el desarrollo alcanzado en la edad adulta, así como también necesita incorporar oxígeno para la respiración de los pulmones y la depuración del caudal sanguíneo.
Estas actividades vitales generan residuos sólidos, líquidos y gaseosos que deben metabolizarse y eliminarse a través de hígado (degradación de moléculas no útiles), intestino (formación de heces), piel (perspiración y transpiración = eliminación de agua y sales), riñones (formación de orina) y pulmones (eliminación de monóxido de carbono).

De la misma forma, cada una de nuestras células necesita nutrirse para reproducirse y mantenerse funcionalmente activa, a través de la incorporación de glucosa, y también precisa de oxígeno para llevar a cabo la respiración celular en pequeñas organelas intracelulares denominadas mitocondrias. Las mitocondrias son pequeñas usinas generadoras de energía, que permiten mantener la vida de todos los tejidos, a través del funcionamiento de su cadena respiratoria.

Un tejido que tiene enormes cantidades de mitocondrias es la grasa parda, generadora de calor – termogénesis – más abundante en el recién nacido y el niño que necesita crecer, y más escasa en el adulto (quien tiende a acumular grasa blanca en sus adiposidades).

La compleja cadena respiratoria involucra procesos de óxido-reducción donde participan enzimas, moléculas que aceptan y/o donan pares de electrones, como el oxígeno y los protones, cuyo objetivo final será generar moléculas productoras de energía – ATP, adenosíntrifosfato – que posibiliten todas las reacciones biológicas (desde mantener la temperatura corporal hasta la elaboración de una hipótesis genial).

Como es de esperar, todo esto implica también la generación de residuos o desechos, entre los cuales debemos destacar la formación de moléculas químicas residuales tóxicas y electro-químicamente inestables (tienen su orbital electrónico externo desapareado, y se conocen como radicales libres) Estos radicales libres resultan dañinos porque carecen de un electrón exterior para estabilizarse, de modo que lo sustraen de moléculas vecinas, generando aleatoriamente un daño más o menos profundo según la función de la molécula afectada.

Los radicales libres deben ser neutralizados por los sistemas enzimáticos antioxidantes para frenar su daño dentro y fuera de las células que los producen. Sin embargo, éstos son menos eficientes a medida que transcurren los años. La capacidad de eliminar eficientemente los residuos tóxicos es característica de un cuerpo joven.

En síntesis, la vida misma implica la producción permanente de desechos, y tanto la incorporación de nutrientes como la eliminación de los desechos generados, son fundamentales para mantener un equilibrio saludable en un cuerpo joven y vital.
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